Abel Pérez Zamorano
Estados Unidos estuvo en la semana pasada al borde de la suspensión de pagos, con una deuda de 14.29 billones de dólares (un billón es un millón de millones), virtualmente una quiebra técnica: el país debe al exterior el equivalente a su Producto Interno Bruto de un año entero. Y la deuda no deja de crecer: a principios de los sesenta, sumaba 0.28 billones; a finales de los ochenta, 2.9 billones, y para 2009 era de 11.9. Entre 2002 y 2009, la deuda se duplicó. Pero ni así puede cubrir sus gastos el gobierno, y entonces se endeuda más. Después de semanas de intensos cabildeos con la mayoría republicana en el Congreso, se alcanzó un precario acuerdo que, por lo pronto, salvó la situación, pero no resolvió el problema de fondo, y no convenció a los inversionistas. Standard & Poor´s redujo la calificación de la deuda: de AAA, la más alta en las escalas, a AA+, un peldaño más abajo (ya una empresa calificadora china había reducido la calificación, pero se la ignoró con toda intención). Siempre se había considerado la deuda de EE.UU. como modelo de confianza; hoy ya se la ha puesto en duda, revelando con ello que algo muy grave está ocurriendo a la salud económica del imperio. El riesgo país crece, y hace esperar un aumento en las tasas de interés por adquirir nueva deuda, reducción en la demanda de los bonos del Tesoro; el encarecimiento de los créditos impactará a la inversión, el consumo y el crecimiento. En resumen, la economía norteamericana sigue debilitándose.
Que el acuerdo con el Congreso resultó inocuo, se hizo evidente, también, en el desplome de las bolsas en los Estados Unidos y en el resto del mundo. El Dow Jones registró su peor caída en una sola jornada desde 2008 (en total, se encuentra hoy 11 por ciento por debajo de su nivel de abril pasado). Las bolsas son un buen parámetro, pues registran la percepción de los inversionistas de que la economía y los rendimientos de las empresas no serán buenos, y ante eso venden sus acciones para poner a salvo su dinero, llevándolo a otro país, o colocándolo en otra inversión, como el oro, una rada segura en tiempos de tormenta. Otros guardan el dinero en efectivo: el banco BNY Mellon está cobrando cuotas más altas por guardar dinero en custodia. Los temores de que el país caiga en recesión, otra más, son generalizados (para finales de este año, el PIB crecerá apenas en 2.5 por ciento). El desempleo es hoy del 9.2 por ciento. Pero ¿Por qué el país ha llegado a estos niveles insostenibles de endeudamiento que le tienen al borde de la insolvencia?
En primer lugar, su déficit en la balanza comercial es cada vez mayor, sobre todo con China. Sencillamente, no está produciendo todo lo que necesita, y debe adquirirlo, cada vez en mayor medida, en el exterior. La propensión al consumo es exagerada, y ese desmesurado nivel se consigue mediante endeudamiento y la excesiva emisión de dólares. El pueblo americano casi no ahorra; prácticamente todo su ingreso, y más, lo destina al consumo: el nivel de ahorro de los hogares como porcentaje del Ingreso Nacional Disponible fue en 1970 de 9.7 por ciento, y entre 2005 y 2008, promedió apenas 1.8. Ahora mismo, ante la caída en la calificación de la deuda soberana, el exjefe de la Fed, Alan Greenspan, declaró que: “Éste no es un problema de calificación de deuda. Estados Unidos puede pagar cualquier deuda porque siempre podrá imprimir dinero para hacerlo. Existe cero probabilidad de un cese de pagos” (Reforma, sección negocios, 8 de agosto). En segundo lugar está el gasto desmesurado en el sector militar, solución artificial al estancamiento económico. Se invierte en armamento y se hacen guerras para sostener la maquinaria económica. En 2008 operaban, tan sólo en Afganistán e Iraq, arriba de 190 mil soldados norteamericanos, y en este año el sector militar consume casi uno de cada cuatro dó-lares: el rubro más alto del gasto público, y más del doble que hace diez años. El gobierno federal gasta más en armas y soldados que en salud o educación, y con ello está desfondando al erario. Por otra parte, contraviniendo sus propios mandatos, y los del FMI, en el sentido de que el Estado debe abstenerse de intervenir en la economía, el gobierno americano se aplicó a rescatar a los bancos, automotrices, inmobiliarias y aseguradoras quebrados, aumentando la deuda, y la crisis de 2007 está hoy literalmente cobrando la factura. Mientras a los países pobres se les han impuesto medidas draconianas emanadas del “Consenso de Washington”, entre ellas un férreo control del endeudamiento, una rígida “prudencia fiscal”, y el rechazo a grandes déficit en la balanza comercial, los EE. UU. han hecho exactamente lo contrario de lo que prescriben.
No puede menos que llamar la atención la simbólica paradoja de que el principal acreedor de los Estados Unidos es China: la potencia capitalista, endeudada hasta el cuello, y dependiendo en sus finanzas públicas de la potencia socialista. “Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras”, dijo don Quijote. Los términos de esta relación hacen patentes las profundas diferencias entre ambas economías y el desempeño de sus estructuras económicas. Se está poniendo a prueba la viabilidad de ambos modelos económicos, y en este contexto, no son de extrañar las duras críticas de los líderes chinos, concretamente a la proclividad de Estados Unidos a endeudarse; dicho de otro modo, a su inveterada costumbre de vivir con comodidad a costa de los demás. Por lo pronto, la turbulencia de la deuda exhibe debilidades estructurales, y permite esperar un progresivo endurecimiento de las condiciones de crédito por parte de China, que continúe la devaluación del dólar, y un paulatino desplazamiento de éste por el yuan como moneda de cambio mundial. Los movimientos en la esfera de las finanzas, tienen sus raíces en la economía real, y muestran el debilitamiento de la superpotencia. Bien harían nuestros gobernantes en tomar nota de ello.
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